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Este es el
punto en el que el comportamiento del ejecutivo cae en la inmovilidad:
espera que cambie el jefe, las condiciones de mercado, la situación
económica o las relaciones con el equipo de trabajo. “Asume una posición de
víctima, espera que todos los cambios se produzcan afuera. El
alimento-refugio hace que nos atasquemos y no advirtamos que es uno
quien debe moverse”, señala Díaz Reyna.
En el proceso de este círculo
vicioso la empresa empieza a sumar costos: por falta de creatividad y
productividad de su gente; pérdida de oportunidades; gastos médicos para la
atención de afecciones físicas derivadas de las distorsiones alimenticias y
ausentismo. Un solo dato demuestra la gravedad de la situación: del total de
las bajas anuales por enfermedad, 39% tienen como causa la angustia, según
cálculos realizados por especialistas en medicina laboral.
Hay escapatoria
“El plan de alimentación es un proceso, no una circunstancia”, observa Díaz
Reyna. Desde esa óptica, salir de la compulsión emocional hacia los
alimentos en situaciones de estrés y presión laboral no se logra en un par
de días. “Es un entrenamiento continuo que debe llevarnos a identificar la
compulsión, reconocer las emociones que la causan, dejar la culpa de lado y
hacernos de herramientas para cambiar de hábitos”, sostiene.
En forma coincidente, el psicólogo Eduardo Herrasti Aguirre, especialista
en temas de liderazgo, asegura que la “salud mental es una responsabilidad
personal”. Sin embargo, la analiza en íntima vinculación con el compromiso
de los liderazgos organizacionales.
A su juicio, éstos “se han quedado congelados dentro de la empresa en un
esquema de teoría de la productividad, [que llevó a promover al interior de
los equipos de trabajo] un sistema de competencia en el que no se esgrimen
habilidades, sino astucia para bloquear al otro”.
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