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“El alimento
actúa como un medicamento que altera a nivel hormonal y neuronal, y por lo
tanto los estados de ánimo; y viceversa, por un estado de ánimo se recurre a
cierto tipo de alimento”, explica la nutrióloga y psicóloga Guadalupe Díaz
Reyna.
El individuo que padece el food craving no se aproxima a los
alimentos en función de la necesidad de nutrición o del placer, sino para
“facilitar la disminución de la angustia”, añade.
El hambre nada tiene que ver en este proceso. Todo comienza cuando por
los altos niveles de estrés el individuo genera cortisol, una sustancia que
bloquea en el sistema nervioso el punto de saciedad. Así, queda abierta la
puerta para un consumo sin límites. Mientras el sujeto se mantiene estancado
en la emoción que invalida su capacidad para dar respuestas creativas a la
presión, la competencia y el conflicto, no encuentra otra salida que huir
hacia determinado tipo de alimento que lo compense emocionalmente. “Esto se
define como una conducta ‘en contra de uno mismo y a pesar de uno mismo’. No
es el deseo de darse a uno mismo en la torre, sino que hay una
fuerza, desde lo emocional y bioquímico, que impide frenar”, explica la
especialista.
El círculo vicioso
Mientras más se estudia este fenómeno, menos se generaliza. Así, por
ejemplo, se advirtió que no todos los comedores emocionales son obesos,
aunque tengan riesgo de seguir ese camino. A su vez, a cada estilo de
comportamiento que se despliega como respuesta ante el estrés le corresponde
un tipo determinado de comida que lo gratifica. El alimento funciona como un
parche que oculta las razones de la verdadera problemática. “Genera
euforia, excitación, calma o liberación, produce un pico de satisfacción y
luego el sujeto vuelve a caer en un valle profundo”, indica Díaz Reyna.
Este efecto tiene explicación química: “Cuando se ingieren azúcares
refinados, harinas blancas o algún alimento que produce una descarga fuerte
de azúcar en la sangre, se eleva el nivel de serotonina, que es un
neurotransmisor que hace sentir placer –asevera la nutrióloga Yolanda
Vélez–. Pero, como el cuerpo no puede tener niveles elevados de azúcar,
actúa de inmediato la insulina, transformándola en grasa.” Cuando baja el
nivel de azúcar, desciende el estado de ánimo, el individuo se vuelve a
sentir triste y reincide.
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