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          Los Empresarios están Gordos
         
Artículo publicado por Revista Expansión Nov. 12, 2003
          por Norma Lezcano
 

“El alimento actúa como un medicamento que altera a nivel hormonal y neuronal, y por lo tanto los estados de ánimo; y viceversa, por un estado de ánimo se recurre a cierto tipo de alimento”, explica la nutrióloga y psicóloga Guadalupe Díaz Reyna.

El individuo que padece el food craving no se aproxima a los alimentos en función de la necesidad de nutrición o del placer, sino para “facilitar la disminución de la angustia”, añade.

El hambre nada tiene que ver en este proceso. Todo comienza cuando por los altos niveles de estrés el individuo genera cortisol, una sustancia que bloquea en el sistema nervioso el punto de saciedad. Así, queda abierta la puerta para un consumo sin límites. Mientras el sujeto se mantiene estancado en la emoción que invalida su capacidad para dar respuestas creativas a la presión, la competencia y el conflicto, no encuentra otra salida que huir hacia determinado tipo de alimento que lo compense emocionalmente. “Esto se define como una conducta ‘en contra de uno mismo y a pesar de uno mismo’. No es el deseo de darse a uno mismo en la torre, sino que hay una fuerza, desde lo emocional y bioquímico,  que impide frenar”, explica la especialista.

El círculo vicioso
Mientras más se estudia este fenómeno, menos se generaliza. Así, por ejemplo, se advirtió que no todos los comedores emocionales son obesos, aunque tengan riesgo de seguir ese camino. A su vez, a cada estilo de comportamiento que se despliega como respuesta ante el estrés le corresponde un tipo determinado de comida que lo gratifica. El alimento funciona como un parche que oculta las razones de la verdadera problemática. “Genera euforia, excitación, calma o liberación, produce un pico de satisfacción y luego el sujeto vuelve a caer en un valle profundo”, indica Díaz Reyna.

Este efecto tiene explicación química: “Cuando se ingieren azúcares refinados, harinas blancas o algún alimento que produce una descarga fuerte de azúcar en la sangre, se eleva el nivel de serotonina, que es un neurotransmisor que hace sentir placer –asevera la nutrióloga Yolanda Vélez–. Pero, como el cuerpo no puede tener niveles elevados de azúcar, actúa de inmediato la insulina, transformándola en grasa.” Cuando baja el nivel de azúcar, desciende el estado de ánimo, el individuo se vuelve a sentir triste y reincide.

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