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El ejemplo
vale como referencia de una realidad que afecta en México al 70% de la gente
que ocupa cargos de dirección general y jefaturas de departamento. El doctor
Héctor Bourges Rodríguez, director del departamento de Nutrición del
Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, afirma
que “50% de los 1,100 encuestados en el Distrito Federal por una consultora
privada reflejó colesterol alto”. El estudio se realizó el año pasado y
demostró también que “10% tiene tensión arterial alta y 5% glucosa elevada”.
Evidentemente, algo
no se está digiriendo bien en la empresa moderna, y esta es una realidad
que excede el escenario nacional. Datos de la Confederación Iberoamericana
de Directivos Sanitarios (Cidis) indican que la mayoría de los ejecutivos de
entre 30 y 35 años tienen problemas cardíacos. “El nivel de combatividad
entre los altos empleados ha aumentado. Ahora son más jóvenes quienes ocupan
puestos ejecutivos y la competencia entre ellos es mucho más fuerte”,
argumenta Juan Rovirosa, presidente de la institución. Un informe del
European Institute for Health Care completa la descripción del escenario:
“Los más estresados son los mandos intermedios, porque lo que origina mayor
estrés es la excesiva rivalidad entre los profesionales de la misma
compañía.” Sin duda, un territorio fértil para que prosperen los
comportamientos compulsivos, como “adaptaciones inadecuadas frente a la
presión, el estrés y el conflicto”, tal como explica el doctor Eduardo
Herrasti Aguirre, docente de la Facultad de Psicología de la UNAM.
El alimento, un refugio
Como una especie de droga inocua, presente en las trincheras de las
oficinas, los alimentos se están transformando en un refugio emocional y, a
la vez, en enemigos silenciosos de los ejecutivos y empleados. No es la
calidad de la comida la que representa el riesgo, sino la relación viciosa
que el individuo, preso de una agitación determinada, genera con ella.
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